miércoles, 22 de octubre de 2008

El compromiso personal

La revolución comienza a instalarse en cada persona mediante una inquietud. Ese hombre no vive ya en seguridad en un mundo simplista; cesa de confundir sus pensamientos perezosos con el sentido común. Duda de sí, de sus reflejos; su irritación a veces traduce su malestar. Ha comenzado a tomar conciencia.

Modificando la fórmula habitual, diré que la revolución personal comienza por una toma de mala conciencia revolucionaria. Es menos la toma de conciencia de un desorden exterior, científicamente establecido, que la toma de conciencia por el sujeto de su propia participación (hasta entonces inconsciente) en el desorden, incluso en sus actitudes espontáneas, en su comportamiento cotidiano.

Entonces viene la negativa, y tras las negativas, no un sistema de “soluciones”, sino el descubrimiento de un centro de convergencia de las claridades parciales que despiertan una meditación proseguida, de las voluntades parciales que nacen de una voluntad nueva; una conversión continua de toda la persona solidaria, actos, palabras, gestos y principios en la unidad siempre más rica de un único compromiso. Tal acción está orientada al testimonio y no al poder o al éxito individual.

Emmanuel Mounier

Manifiesto al servicio del personalismo

lunes, 4 de agosto de 2008

Sobre los problemas filosóficos

La invitación de Simmias en el Fedón de Platón
"A mí me parece, oh Sócrates, sobre las cuestiones de esta índole tal vez lo mismo que a ti, que un conocimiento exacto de ellas es imposible o sumamente difícil de adquirir en esta vida, pero que el no examinar por todos los medios posibles lo que se dice sobre ellas, o el desistir de hacerlo, antes de haberse cansado de considerarlas b
ajo todos los puntos de vista, es propio de hombre muy cobarde. Porque lo que se debe conseguir con respecto a dichas cuestiones es una de estas cosas: aprender o descubrir por uno mismo qué es lo que hay de ellas, o bien, si esto es imposible, tomar al menos la tradición humana mejor y más difícil de rebatir y, embarcándose en ella, como en una balsa, arriesgarse a realizar la travesía de la vida, si es que no se puede hacer con mayor seguridad y menos peligro en navío más firme, como, por ejemplo, una revelación de la divinidad". (Tomado de Platón, Fedón, Ed. Orbis, Barcelona, 1983, p. 190).